Ficción/No Ficción

Lecturas eco-críticas 2: La venganza de la naturaleza en “The Happening”

La siguiente ficción está inserta en el mundo de The Happening (El fin de los tiempos, El incidente), película de 2008, escrita y dirigida por M. Night Shyamalan. El narrador vive los eventos de la “rebelión de las plantas”, un ataque a la humanidad por medio de una neurotoxina que hace que las personas cometan suicidio.

1.

El ataque comenzó en un parque, en el centro de la ciudad. La gente se quedó estática, como si alguien hubiese detenido el tiempo. La pausa continuó hasta que una persona fue vista caminando hacia atrás, con ligero equilibrio. Había un policía en el lugar, también yendo en reversa. Se detuvo, desenfundó su pistola y se pegó un tiro en la sien. Los demás buscaban motivos para quitarse la vida, algún objeto filoso, armas escondidas o maniobras con sus cuerpos que les harían morir de inmediato. No sé quién grabó esto, lo pasaron por las noticias. Pensé si era algún ataque terrorista, quizá estaban usando una nueva arma, o quizá era el gobierno, experimentando con nosotros. No estaría descabellado, pero solo era una suposición.

De todas formas, lo que vi me asustó demasiado. Llamé a mi esposa- que trabajaba como enfermera en la clínica- y le dije que iría por ella. Salí del trabajo temprano, mañana tendríamos una junta de accionistas muy importante, por lo que debía tomarme la tarde libre, respirar un poco, comer algo que me gustara o ver televisión hasta dormir. No me respondió al primer timbre, tuve que esperar y ya me sentía angustiado. Una vez contestó, le dije sin esperar a tomar respiración entre las frases, que alistara sus pertenencias, ya que pasaría por ella en diez minutos. Le conté, además, lo que vi, los extraños suicidios en el parque y el aparente ataque de fuerzas desconocidas. ¿Terroristas?, preguntó ella, ¿Otra vez terroristas? No lo creo, aunque no lo descarto, respondí. Espérame lista, por favor.

2.

La única razón para salir era recoger a mi esposa y manejar hasta la casa que teníamos fuera de la ciudad. La compramos con los ahorros de unos años y felizmente nos servía de refugio cuando nos hartábamos del incesante bullicio de los carros, el tren subterráneo, o la aceleración de la gente cuando transitaba por la calle. Era caótico, y lo será peor aún con este ataque que nos tomó a todos desprevenidos.

Recibí una llamada, era de mi esposa, me dijo que no podrá dejar la clínica hasta dentro de unas horas, estaba llegando mucha gente herida. Me asusté, sí, estaba temblando, tuve que sujetar con firmeza el timón del auto para no desviarme, quería llegar de una pieza a la casa, alejarme del pánico o de lo que fuera que ocurría en la ciudad. Tenía las ventanas cerradas, puse aire acondicionado, sintonicé las noticias para escuchar a cierto periodista comentar los sucesos. No sabía qué iba a pasar después.

Entonces, intenté calmar a mi esposa, ya se le escuchaba alterada. Me dijo que iría a la casa cuando terminara su jornada (ojalá pudiera saber a qué hora iba a ser eso) y estaríamos juntos al día siguiente, algunos de sus compañeros se encargarían de la situación en la clínica. Le respondí titubeante, creo que se me notó, no estaba completamente seguro si era buena idea dejarla para que atendiera a los heridos. Por otro lado, pensé que la necesitaban, y no podía negarme ante cualquier asunto de trabajo, sobre todo un empleo como el de ella, tan delicado y agotador. Era un servicio de admirar.

Tuve que contenerme, respirar hondo. Bajé el volumen al radio, manejé durante cuarenta y cinco minutos, tomé la interestatal y torcí en un ingreso en el kilómetro cuarenta y nueve, me llevaba hacia un sitio alejado, una colección de vecindarios con muchas casas y edificios pequeños, parques, supermercados en los que vendían productos orgánicos y una iglesia. Lo bonito de este lugar es que tenía el doble de verde (árboles, plantas, arbustos, vegetación en general) de lo que podías ver en la ciudad. A veces pensaba por qué éramos tan egoístas, solo le rendíamos un tributo al espacio verde colocando sectores específicos, y muy limitados, en la urbe. En cambio, esto era paz, brisa fresca y silencio.

Cuando salí del carro, me sentí protegido. Era como haber colocado una barrera entre lo inexplicable de esos ataques y donde estaba ahora, en un sitio lleno de árboles y plantas. Mi esposa, por su lado, se dedicó a llenar la casa de muchas plantas, desde bonsáis hasta orquídeas, tulipanes, azucenas, y en el jardín trasero teníamos un par de pinos y un roble; un fuerte, precioso y grande roble, nos ofrecía una sombra magnífica y única en los días calurosos. Estábamos a su disposición, éramos como sus inquilinos. El territorio era del roble, lo admirábamos. Sobre todo mi esposa, quedaba encantada y satisfecha con todos los arreglos que le hacíamos al jardín. A ella le apasionaban las flores, era una amante ferviente de la naturaleza, a pesar que ayudaba al espíritu humano a sobrevivir.

La llamé, solo para avisarle que había llegado a la casa. Escuché una señal de estática y la comunicación se cortó. Eso ya era muy raro, no dejaba de estar ansioso y preocupado, solo quedaba esperar hasta que ella se contactara y dijera por fin que estaba en camino. Por mientras, le cuidaría las flores, a lo mejor me animaba a regar el jardín y estar un rato recostado en el pasto, observando el cielo.

3.

En las noticias, unos periodistas discutían sobre una toxina que fue lanzada en un área concreta, un parque, y causaba desorientación, confusión y, en última instancia, un necesidad innata (e inusual, por supuesto) de quitarse la vida. Esto era fatal. Puede que la histeria se apoderara de la población en unas horas, más allá de los efectos del ataque. Si eran terroristas, su proceso era meticuloso, bien planeado y con un nuevo armamento. Estaban hablando sobre el uso armas biológicas; otros personajes en la televisión (una jungla farandulera dividida entre informadores, letrados y mediocres zánganos) comentaban sobre el gobierno y las agencias de inteligencia que eligieron un sector en el país para someternos a las pruebas, de lo que sea que fuera. Apagué el televisor.

Me senté en el jardín, miraba todas las plantas: el roble macizo y los pinos meciéndose con suavidad. Me sentía en conexión con ellos, era lo que mi esposa experimentaba cuando veníamos y se quedaba todo el día recostada en la base del roble, ojeando un libro. Este espacio no era de nosotros, les pertenece a ellos. La naturaleza, pensaba, nos ofrecía el lugar adecuado para sentirnos libres, pero era como un alquiler, a veces teníamos que pagar un precio. Era el precio del cuidado, el respeto y un buen comportamiento hacia el entorno natural. Incluso había momentos en que te respondían, con un color, una posición, o simplemente lo sentías, tan profundo y sutil como un susurro. Era cierto, las plantas reaccionan al estímulo humano. Saben cuándo las tratamos bien, saben cuándo no. Saben todo, están quietas y vigilando, están atentas y también sienten dolor, el miedo de la violencia y la opresión. Ahora hemos actuado como invasores, hemos rechazado los estatutos de la convivencia y sentenciado la armonía a una muerte segura. Hemos capturado la naturaleza para nuestro beneficio. Qué terrible no escuchar su grito, su desesperación, su agonía. Pensaba en eso y sentía una presión en el pecho, y en medio de la crujiente zozobra del roble cuando el viento lo acariciaba, decidí alejarme y no tocarlo, al menos no sin su permiso.

3.

No tenía noticias de mi esposa. Eran las once de la noche, su teléfono estaba apagado. Intenté contactarme con sus padres, pero fue imposible, tampoco respondían. Esto ya me daba espanto. Me serví un filtrante de durazno, pasé los canales en el televisor, en varios de ellos daban lo mismo, con una variación: los ataques habían avanzado. En otras ciudades se reportaban los incidentes, tal cual se vio al principio: las personas estáticas, las incoherencias de sus actos y, por consiguiente, los suicidios.

Al parecer, los terroristas habían lanzado una toxina que bloqueaba los neurotransmisores del cerebro y la primera reacción, aterradora, inverosímil, era el suicidio, con cualquier objeto o de cualquier manera inmediata. No había persona que lograra escapar del asalto invisible, era como configurar el mundo de un segundo a otro. Un tenue viento pasaba y las personas querían acabar con sus vidas. ¿Qué era en realidad? ¿Un ataque? ¿Una prueba?

Veía algunas entrevistas, comentaban sobre un compuesto natural en la toxina. Otros conspiradores, invitados a los noticiarios, alegaban la reacción de la naturaleza ante el desastre humano y que las plantas estaban ocasionando esto. No hay ningún acto terrorista, es solo un método de defensa. Las plantas se han comunicado para activar sus armas y lanzar una ofensiva coordinada. Además, decía un sujeto, es preciso evitar la brisa de la toxina, si no quieres caer en la locura. Las plantas tienen un lenguaje en clave, toda la naturaleza se comunica en códigos que ni siquiera desciframos, y vamos, sí que somos ingenuos como para no creer que no están enfadados con nosotros, solo mírenos: contaminación, deforestación, uso indebido de recursos, destrucción, muerte. ¿Acaso el planeta no se ha cansado y, como una estrategia, nos ha declarado la guerra, solo que no es una guerra, sino la extinción? Es un plan de genocidio masivo y lo hace parecer como si nosotros hubiésemos perdido la razón.

Me quedé pensando en lo paranoico que estaba el hombre, pero lo que decía tenía algo de sentido. El tono ágil de su interpretación era muy interesante. Claramente, había muchos detractores y se reían con solo escuchar las tonterías de pensamientos sobre la venganza de la naturaleza. No obstante, era cierto, si uno lo examinaba con cuidado.

4.

Hay un aspecto fundamental de la naturaleza en esta crisis, y es que la vemos como sujeta al dominio del hombre. Esto desemboca en una revisión detallada de la Ecología profunda, que desprendiéndose de la filosofía ecológica- y tantos movimientos ambientalistas de preservación y/o reforma- considera a la humanidad como parte del entorno y, dentro de las prácticas eco-críticas, propone una nueva visión del mundo natural en la que exista un equilibrio.

Actualmente, si hacemos una revisión más holística del tema, podría decirse que la Ecología profunda contempla el conjunto de redes en el universo. Es decir, todo está conectado. No hay que olvidar que esta filosofía plantea nociones sobre los cambios urgentes en la sociedad para una mejor armonía con la naturaleza. Debe haber un ritmo, una fraternidad, un discurso de mayor y mejor contacto, además del servicio que le damos a la tierra. No podemos pasar por encima de ella solo para satisfacer nuestras necesidades. Sin embargo, hemos estado haciendo lo contrario y ahora han respondido.

La naturaleza ha mostrado lo patéticos que somos, lo ínfimo de nuestra existencia y ha remecido los cimientos de la civilización con una sublime revancha. El humano, por inercia, intentará concentrar sus esfuerzos para buscarle la justificación a temas inexplicables, como el por qué las abejas están desapareciendo, o recientemente, este cataclismo de los suicidios. Siempre hemos estado obsesionados por la explicación, el dato científico, y no hemos analizado el misterio de las leyes naturales. Es un proceso, lo estábamos viviendo.

¿Qué es lo que hemos logrado? Depredar, consumir, extinguir, nos hemos apaciguado en la agonía natural, la hemos quemado, talado, envenenado, destruido en todas sus anchas. A lo largo del planeta, hemos demostrado ser incapaces de revelar nuestra inteligencia, nuestro sentido de solidaridad, cuidado y expresión amigable con la naturaleza. Ella nos observa y nos fulmina con sus herramientas.

No estoy entusiasmado en saber cuál es el futuro que vendrá mientras continuemos dando los mismos pasos. Pienso en el cambio climático, en la contaminación de los mares y el aire, en la irresponsabilidad con el entorno. ¿Cómo sabemos que, en efecto, cambiaremos nuestro comportamiento? Desde luego que lo haremos a medias si es que salimos de la catástrofe, porque está muriendo gente, y entre cada cuerpo silenciado en el abismo, la naturaleza anota un punto a favor.

5.

No pude dormir, no sabía dónde estaba mi esposa. Pensé que era mejor regresar a la ciudad y buscarla, no permitiría que se quedara una noche más afuera. Solo algunos canales de noticias mostraban la hecatombe, ciudades en llamas y centenares de cadáveres en las avenidas, calles y carreteras.

Cuando salí, un viento movía los árboles, las plantas, como saludando. No era el viento de la toxina. La naturaleza había desistido, por el momento, a seguir controlando el destino de la vidas. De alguna forma, sabía que no era así. Ella decidiría.

Partí de inmediato hacia la ciudad. Cuando llegué, no pude encontrar a mi esposa. Nunca la volví a ver, ni siquiera pude buscarla en las pilas de muertos que arremolinaron en sitios públicos. Solo miré, reflexioné y no soporté derramar unas lágrimas, aunque no era por la pérdida, sino por lo que vendría después. También estaba sentenciado al inevitable naufragio.

Los analistas se concentraban en las entrevistas de la noche y discutían sobre la posibilidad de un ataque del gobierno, ya que no eran fuerzas terroristas. No sabía a cabalidad si eso era adecuado para soltarlo en televisión abierta. Un científico fue a apoyar a los teóricos del movimiento natural, señalaban que las plantas nos habían dado una muestra de su poder. Atacaban zonas pobladas, con mucha densidad de gente, y, a sabiendas de lo que sucedería, mantuvieron encendidas sus defensas. Se apoderaron de nosotros. ¿Lo seguían estando?

Sí, lo seguían. Entretanto ya comenzó el mismo ataque en otros países, la humanidad se refugiaba. No encontraremos fortaleza, ni siquiera un atisbo de esperanza. La naturaleza se había posicionado inflexible en su retribución. En el lenguaje secreto de las plantas, estaba celebrando.

Bibliografía recomendada:

Ferry, Luc. “La ecología profunda”. Revista Vuelta XVI, n.° 192 (noviembre 1992): 31-43.

Parker, Elizabeth. (2020) The Forest and the EcoGothic. Deep dark Woods in the popular imagination. Suiza: Springer Nature.

Si quieres ver la película The Happening, ingresa al siguiente enlace: https://play.google.com/store/movies/details?id=lR81Hwa2tG0

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