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Armonía en el caos

Escrito por: Rodrigo Revilla.

Te despiertas maravillado por una diferencia en días indiferentes: la ausencia del sonido. En un día normal, aunque ya no sabes qué entiendes por normal, escucharías los autos, camiones y motocicletas transitar en la avenida al costado de tu casa. Intentarías no hacerle caso a las bocinas o al tronar de los tubos de escape. Es irritante, por un momento entiendes que estás en una ciudad con altos niveles de contaminación y con un paisaje natural parcialmente olvidado. Piensas que los árboles están de adorno, solo para cumplir con una consigna: el espacio necesariamente verde que debería tener una urbe.

No obstante, lo anterior ha quedado suspendido. Una pandemia asola al mundo y no hay más remedio que recluirse en las casas y vivir con los microclimas del interior hogareño, los humores de la familia y las diversas actividades para no sucumbir en una desesperación anticipada. Cuando sales, debes usar una mascarilla y caminar unas cuadras para llegar al supermercado (mientras cruzas los dedos para que no haya mucha fila en el ingreso) y puedas comprar lo necesario. Observas a la gente, todos están con mascarillas, mirando sus teléfonos o preguntándose en susurros cuándo acabará esto. Solo reconoces a las personas por las mascarillas, apenas trazas un fragmento real de sus rostros en la mente, percibes la intensidad de los ojos en cualquier estado de ánimo. Nada más allá de una pesadilla.

Regresas a lo que te impacta en un inicio, el sonido. Cuando vas por la calle, te sorprendes porque ingresas a un territorio del silencio que nunca habías experimentado. No hay muchos carros, buses, ni motos. Algo extraño sucede, pero no es el apocalipsis. Luego, cuando pasas por algún parque (ya que vives privilegiadamente cerca de varios), intentas comprender cómo es posible que tengamos tan bellos paisajes y no los aprovechamos. Indagas sobre la actividad humana, llena de máquinas y rapidez, transitoria y difusa, que construye futuros en acero y concreto. La comparas con la quietud y la esperanza de un espacio natural. No te habías dado cuenta de lo importante que son los árboles, las plantas, los animales silvestres dando vueltas, como cada mañana en encierro que en vez del tedioso eco de la humanidad, escuchas el silbido de algunas aves entonando himnos a la naturaleza y concluyes que de eso se trata esta cuarentena: repensar la armonía.

La armonía no quiere decir volver al estado anterior de las cosas, conservar la calma y tratar de recuperarse, una actitud resiliente frente al desastre, al caos sanitario, o el pánico ante un posible fin del mundo. Más bien se desprende de eso. La armonía genera un despertar, una nueva voz, una canción diferente. Repensarla es intentar concebir una nueva mirada, lejos de la destrucción y de nuestras actitudes egoístas; es sentirla y transmitirla. La armonía con la naturaleza, aquella que largamente ha quedado en segundo plano, es lo que conocemos en estos tiempos, lo que ha permitido ver un mundo que siempre ha estado aquí. Es auténtico, perfecto e imperecedero.

La naturaleza tiene un lenguaje, un código que comparte. Está a la vista, cuando sientes la frescura en la sombra de un árbol, el sosiego de un espacio verde en la maraña de edificios, o percibir cada una de las notas en los cánticos de las aves. Las ves aproximándose, observas sus colores, la estructura de su sistema de vuelo, el paseo que hacen entre las plantas, la forma en que resaltan las tonalidades de las flores y luego el idioma secreto que intentas develar. En la cuarentena lo descubres, o lo re-descubres; no te has percatado, solo continúas el ritmo de los motores, la celeridad de la urbanización y el infierno de un clima agonizante. Tratas de no agitarte con la rutina, o el estrés del confinamiento y recorres esa hilera de ideas sobre la naturaleza que está a tu costado, que convive contigo, con todos.

¿Cómo cambiarías tu comportamiento? ¿Cómo te reconectarías con esa armonía? Ese es un trabajo que estás realizando y, por el bien de la naturaleza, seguirás haciéndolo luego que la cuarentena acabe. Te da la oportunidad de sentirte parte de ella, apreciarla, cuidarla. Está a tu alrededor, solo debes conocerla mejor; ella resiste y aparece cuando sea, incluso en la crisis. Te llama con una sintonía irrepetible, con varios de sus agentes soltando los mensajes en clave, cortando el sonido artificial para que escuches la verdadera resonancia de lo que depredas y, peor aún, olvidas.

Repensar la armonía es hacer un pacto con la naturaleza, es evocarla y mostrarla. Es tender un puente, unir las brechas, consolidar los caminos que en un momento se separaron. Piensas todos los días en eso. Es algo real, más que la muerte y su poderosa retaguardia, en un paraíso tenebroso de últimas exhalaciones. Piensas que la naturaleza provee la seguridad y estabilidad necesaria para el ser humano. La naturaleza es salud, bienestar y futuro, lejos de máquinas, corporaciones y países que desplazan y extinguen. La armonía es reintegrarte en lo que quisiste salir. Y lo hiciste, sin ninguna consideración. La armonía, en todas sus facetas, con las diversas maneras en las que se puede afianzar, es volver a componer las notas en el pentagrama del mundo. Lo piensas varias veces, tiene razón esa voz que proviene de un pájaro en otro idioma o el movimiento pausado de una flor que te mira, bajo un cielo claro, un sol que se asoma, un paisaje que aparece.

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