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Una distopía silenciosa: reseña de “El Limpiador”

En la película “El Limpiador” (2012), el director Adrián Saba nos muestra la realidad de la desolación. El trasfondo de la historia es sobre un virus mortal que asedia la ciudad de Lima (nótese, junto con “Contagio”, la insólita y tenebrosa referencia a los tiempos actuales). Podemos entender a cabalidad lo que sucede siempre y cuando prestemos atención a los detalles: un programa de televisión (que no vemos, solo escuchamos), comentarios en la radio, o bien observando los planos de una ciudad vacía, abandonada, pero en la que la gente está muriendo.

En cierto momento del filme, se denota una comparación entre la enfermedad en esta ficción y el “Sudor inglés”, que azotó Inglaterra entre los siglos XV y XVI, y que no atacaba a bebés ni a niños. Adrián Saba hace una inteligente elección de un virus misterioso y agresivo, que aniquila a su huésped en cuestión de horas. Con este antagonista, la distopía que conlleva la epidemia logra sumergir al país en un estado de emergencia (nunca se menciona la fecha) durante 60 días. Hasta aquí podríamos resumir el escenario perturbador de la cinta, no muy lejos de lo que vivimos con el Covid-19. La historia de Saba nos remite a un apocalipsis silencioso, con énfasis en lo cotidiano y en las experiencias personales.

Como en toda premisa distópica, el argumento girará entorno a un personaje en este mundo de pesadilla. Saba obedece a plenitud la norma y sugiere una línea narrativa muy sencilla que explora las vivencias de Eusebio Vela (interpretado por Víctor Prada), un hombre que va acorde con el panorama gris que lo rodea, solitario y resignado a una rutina significativa: trabaja como limpiador forense. Es decir, descontamina la zona en la que ha muerto una persona que contrajo el virus. Se arma con su traje blanco y su equipo de desinfección para remover los malos augurios que podría dejar la enfermedad.

La lenta puesta en escena es solo reflejo de la actitud de este limpiador que cumple su deber, aunque lo que ocurre a su alrededor parece no generarle mayor asombro. Nos encontramos siempre con su cara parca, detenida, que ya aceptó el apocalipsis, y a quien no le queda más remedio que cuidarse y estar en casa. Por supuesto, para que se forme el drama en la vida de Eusebio (porque el mundo vacío de Lima ya es en sí un drama), es necesario inmiscuir al personaje en una situación que le genere conflicto.

El experimento distópico de Saba no va a dejar que la actitud esquiva de Eusebio se explaye, es importante sugerir un cambio en la vida del hombre, aún si le cuesta acondicionarse a un nuevo estado. Por eso, un día mientras limpia la casa de una mujer que murió, encuentra a un niño escondido en un armario. Al no tener las posibilidades de llevarlo a albergues o refugios, ya que se encuentran llenos, decide mantenerlo en su casa mientras busca a los parientes más cercanos del pequeño. Con esto, el drama se desarrolla.

Es así que Joaquín (interpretado por Adrián Du Bois) se convierte en ese cambio que la vida de Eusebio requería, en todas sus facetas. El pequeño inocente y tímido no entiende mucho sobre lo que sucede afuera, y está en Eusebio protegerlo, pero al mismo tiempo sabe que es una responsabilidad más y no cree estar listo para hacerlo. A pesar de esto, Eusebio siente que su rutina ya no se enfoca estrictamente en su trabajo como limpiador, sino en el vínculo que forma con Joaquín, hasta el final de la historia y que lo convierte en una persona diferente.

Adrián Saba construye una historia familiar en la que un niño da un giro de trescientos sesenta grados a la vida del adulto. La relación entre Joaquín y Eusebio suspende la cruda atmósfera de la distopía y ofrece una inesperada cuota de humor en medio de un paraje de caras ocultas. Asimismo, la narración toma fortaleza en ciertas dicotomías: la extraviada alegría de una familia (interina) y la desgarradora situación de un mundo sin esperanza.

La película se encamina, por lo tanto, a hacer un repaso sobre las relaciones humanas en tiempos de crisis desde una perspectiva íntima, aun cuando las personas ya han olvidado el tacto de la sociedad. Con el coronavirus también puede estar ocurriendo lo mismo, se forman tantas historias que podemos recordar y contar como experiencias, anécdotas o situaciones que mantienen erguidas nuestra capacidad de resiliencia y nos permite ser mejores. Es necesario saber que el apocalipsis tiene una duración, lo que sigue será incierto si es que nosotros lo queremos.


Puedes encontrar la película en la plataforma Cineaparte, haciendo click aquí.

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