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Hablemos sobre sistemas alimentarios sostenibles (I): la agricultura en la crisis sanitaria y climática

Uno de los grandes desafíos del siglo XXI es garantizar la alimentación para todos. De acuerdo a las Naciones Unidas, más de 800 millones de personas se encuentran subalimentadas. Es decir, 1 de cada 9 personas no tiene los alimentos suficientes para cumplir con una dieta óptima, lo que podría generar consecuencias negativas en su estado de salud.

Sin embargo, no se trata de un tema de falta de alimentos: al contrario de lo que pensaba Thomas Malthus (recordado en estos tiempos), el crecimiento poblacional exponencial no representa la principal causa, sino la distribución de los alimentos y las condiciones de desigualdad que existen. La tecnología ha avanzado de manera significativa, esto ha permitido que la agricultura, la ganadería y la pesca (los principales proveedores de alimento en el mundo) puedan incrementar su volumen de producción. Además, las cadenas de distribución se han vuelto más eficientes.

No es casualidad que la mayoría de personas sub-alimentadas vivan en países en desarrollo, afectando principalmente a los más vulnerables: los niños y niñas que viven en condición de pobreza, acompañada por la ausencia de servicios públicos o de mala calidad, se encuentran en situación de malnutrición, sea por anemia o desnutrición crónica, que en algunos casos termina en muerte: casi la mitad de las muertes (45%) de niños menores de 5 años se produce por una mala alimentación.

Otra gran brecha es el desperdicio y pérdida de alimento. Se estima que alrededor de 1300 millones de toneladas de productos alimenticios, un tercio del total, termina convirtiéndose en residuos, cuando podrían ser utilizados como insumos para la elaboración de nuevos platos, debido a que en el proceso de transporte y distribución no se toman las precauciones necesarias. También existe desconocimiento sobre el uso de los productos considerados “no comestibles”, como ciertos segmentos de las verduras o frutas (la cáscara, los retazos, etc.). En general, podemos decir que es un tema de oferta desigual y con una demanda que no gestiona apropiadamente.

Fuente: FAO.

Es por todo esto que 2 de los 17 “Objetivos para el Desarrollo Sostenible” (ODS), un conjunto de objetivos comunes globales para alcanzar estándares de vida sostenibles para la humanidad y su relación con el entorno natural, tienen que ver con este tema: “Hambre Cero” (ODS 2) y “Producción y Consumo Responsables” (ODS 12). De acuerdo a estos objetivos, para el 2030 deberíamos poner fin al hambre y asegurar que todas las personas (sobre todo aquellas vulnerables) accedan a una alimentación sana que pondrá fin a “todas las formas de malnutrición”, así como reducir a la mitad el desperdicio y pérdida de alimento. Qué tal desafío, ¿no? Nos quedan solo 10 años para lograrlo.

Resulta fundamental mirar a los sistemas alimentarios. De acuerdo a la OMS, un sistema alimentario “está formado por todos los elementos (ambiente, población, recursos, procesos, instituciones e infraestructuras) y actividades relacionadas con la producción, procesamiento, distribución, preparación y consumo de alimentos, así como los resultados de estas actividades en la nutrición y el estado de salud, el crecimiento socioeconómico, la equidad y la sostenibilidad ambiental”. El desafío es lograr que los sistemas alimentarios se conviertan en sostenibles. Es decir, lograr altos niveles de eficiencia, así como garantizar de manera integral la seguridad alimentaria y nutricional de las generaciones actuales y futuras.

Entonces, ¿cómo construimos sistemas alimentarios sostenibles cuando estamos entrando en una fase constante de crisis? En el contexto actual, nos encontramos con el desafío de alimentar a un planeta que se encuentra en pausa, pero garantizando el respeto a los derechos humanos de los productores y/o pescadores, buscando evitar poner en riesgo su salud, lo que sí generaría un caos. Además, con una demanda estancada, ya que muchos lugares de expendio de alimento están cerrados (mercados, restaurantes), se puede generar impactos económicos a mediano plazo.

Restaurante vacío en México producto del Coronavirus. Fuente: INFOBAE.

En el caso de la inminente crisis climática, el riesgo y, por tanto, la vulnerabilidad es aún mayor: un escenario de estrés hídrico, debido a la falta y/o exceso de agua, puede representar una seria amenaza a la continuidad de las actividades agrícolas, que impactará en los modos de vida de miles de personas. La baja capacidad de adaptación de los actores vinculados a la agricultura es evidente, y se requiere de acciones para reducir la deforestación, los riesgos asociados a plagas y enfermedades forestales, la erosión y degradación del suelo, el acceso al recurso hídrico y, fundamentalmente, la protección de la diversidad genética.

La agricultura es la actividad económica más importante en el mundo, ya que emplea a casi el 40% de la población mundial. Desde el punto de vista climático, nos encontramos en una paradoja: la alta dependencia de la agricultura como modo de vida viene generando un gran impacto, ya que las prácticas agrícolas insostenibles que llevan a la deforestación y al monocultivo se encuentran entre las primeras razones de convertir a esta actividad económica como una de las mayores fuentes de emisión de gases en el mundo (alrededor del 23%), sólo superado por el sector energético (35%). Sin embargo, la ausencia de esta generará hambre y traerá mayores niveles de desigualdad y pobreza.

Porcentaje de emisiones que representa la agricultura, por continente. Fuente: FAO.

De acuerdo a la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO), la respuesta está en transformar el sistema alimentario agrícola actual hacia uno “más respetuoso con el clima, sostenible, innovador, nutritivo y resiliente”. Esto implica darle una mirada a buenas prácticas como el comercio justo (pagar responsablemente por los productos agrícolas) que permitan acceso a tecnología y transferencia tecnológica, el desarrollo de capacidades de los agricultores, el acceso a financiamiento, el etiquetado de productos, el empoderamiento de las mujeres agricultoras, etc.

No obstante, hay un elemento que es importante observar: la agricultura familiar y local. Reducir las distancias entre las ciudades y el centro de provisión alimentaria a través del fortalecimiento de la agricultura urbana es fundamental. Reduces costos asociados a la cadena de distribución, garantizas precios justos y minimizas las brechas entre el mundo urbano y rural, las integras en un espacio común con un solo objetivo: erradicar el hambre.

Fuente: Diario Gestión.

Referencias

Organización Panamericana de la Salud (s/f). Sistemas Alimentarios Sostenibles para una Alimentación Saludable. Estados Unidos: PAHO. Recuperado de https://bit.ly/3bkfB6W.

Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (2020). Transformar los sistemas alimentarios y agrícolas: un reto que debemos afrontar juntos. España: FAO. Recuperado de http://www.fao.org/fao-stories/article/es/c/1254793/.

Organización de las Naciones Unidas (s/f). Objetivos y metas de desarrollo sostenible. Estados Unidos: ONU. Recuperado de https://www.un.org/sustainabledevelopment/es/objetivos-de-desarrollo-sostenible/.

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