Estilo de vida Opinión

El entorno natural en tiempos del COVID-19

El COVID-19 ha ocasionado el cese de toda actividad humana y ha revelado lo irresponsables que somos, como sociedad, con el entorno.

Hay dos maneras de visualizar el impacto del COVID-19 en el mundo. La primera es desesperanzadora, caótica y alarmante, porque ha cobrado millones de vidas y paralizado la economía mundial. Se puede decir que la vida ha dejado de marchar en su cauce normal, con ritmos apresurados de trabajo, viajes y contaminación. Por otro lado, tenemos el apartado optimista del asunto y tiene que ver con los beneficios de esta pandemia, en un contexto de ferviente lucha contra el cambio climático. ¿Será que podemos sacar algunas moralejas en materia ambiental del paso funesto del coronavirus?

La primera y sencilla respuesta es sí, quizás muchos efectos positivos, aunque no a largo plazo. Sabemos que esta pandemia es momentánea y ha generado un cambio obligado en los estilos de vida de las personas. Ahora vivimos confinados en nuestras casas porque los países de todo el mundo han entrado paulatinamente en estados de excepción, ordenando cuarentenas y distanciamiento social para aplanar la curva epidémica. Pese a esto, vemos gente en las calles, como si nada ocurriese. Será difícil saber en los siguientes días si estas medidas habrán funcionado, cuando más personas siguen burlando la ley y manifestando tan poca empatía con los demás.

Sin embargo, hay un evidente efecto positivo en el ambiente. Esto hace que nos preguntemos si el ser humano es la principal causa de todos los índices elevados de contaminación en la atmósfera y que generan los fenómenos del cambio climático. De nuevo, la primera y sencilla respuesta será afirmativa y nos lleva a re-pensar en nuestra actitud frente a la naturaleza y confirmar, para aquellos escépticos, que el problema ambiental es cierto y tangible. El COVID-19, por su parte, ha ocasionado el cese de toda actividad humana y ha revelado lo irresponsables que somos, como sociedad, con el entorno.

¿A qué me refiero con esto? Cuando salgo a la calle, no veo otra cosa que un panorama desierto: las calles vacías, las pistas despejadas, uno que otro auto circulando, y escucho, casi todo el día, el silbido de aves que andan libres, con poca amenaza, en los árboles y áreas verdes de la ciudad. Es bizarro ver este tipo de escenarios, pero es el que nos tocó. Para mí uno aterrador, más o menos. ¿Parece futurista? Claro que sí. Incluso el tren eléctrico de la ciudad, que en días corrientes suele atiborrarse de gente, ahora está casi vacío, con algunos cuantos pasajeros que llevan puestas sus mascarillas. Por las redes sociales, he visto fotografías que muestran cielos más limpios y claros, además de atardeceres esplendorosos con un azul nítido pasando, levemente, a ser un morado suave y así hasta la caída de la noche. Las aguas de ríos, canales y mares se ven más cristalinas, con mayor afluencia de animales marinos que no suelen aparecer cuando el humano gobierna con egoísmo. Esto muestra que la naturaleza avanza; en toda circunstancia, ella continúa.

A pesar de eso, los datos son tajantes. La misión Sentinel 5p del programa Copernicus de la Agencia Espacial Europea tomó imágenes satelitales y mostró una considerable reducción de Dióxido de nitrógeno (NO2) en Europa, gas de efecto invernadero principalmente emitido por vehículos móviles. La imagen expone el desplazamiento de una enorme mancha naranja que poco a poco va desapareciendo. Asimismo, la NASA mostró con imágenes satelitales que en China, uno de los países más contaminantes, se redujo la emisión de Dióxido de carbono (CO2) en aproximadamente un 25%.

Cambios en la presencia de gases de efecto invernadero en territorio chino. Fuente: NASA.

El tránsito de una imagen a otra, entre el fulgurante naranja de los gases contaminantes al azul y límpido mundo que tenemos durante el Covid-19, en solo tres meses, es significativa, y da mucho que pensar. La cuarentena obligatoria ha logrado que se tomen decisiones sobre la actividad industrial, entonces las fábricas cerraron sus puertas. Por otro lado, en la vida cotidiana, con y sin privilegios, los vuelos nacionales e internacionales se suspendieron hasta que finalice la crisis. Ciertamente, viviremos en un mundo distinto después de la pandemia, aprenderemos de esta situación, pero algunos creen que esto es solo la punta del iceberg, un importante aunque tímido comienzo.

Imágenes satelitales sobre presencia de Dióxido de Nitrógeno en Europa. Fuente: Agencia Espacial Europea.

En la ciudad de Lima (Perú), una de las tantas capitales más contaminadas de América Latina, el 58% de las emisiones es producido por el sector automotor. ¿Es decir que hay mucho auto en la ciudad? Sí, y esto ocasiona congestión vehicular y a su vez mucha, pero mucha contaminación ambiental. Ahora que todos andan encerrados y con casi escasos vehículos en las pistas, se ve una reducción de por lo menos la mitad de lo emitido, teniendo en cuenta que el resto es regalo del sector industrial, y como todos están en sus casas, nadie trabaja. El virus ha puesto en jaque a todas las naciones, pero también nos ha mostrado a todos como responsables del cambio climático.

Consciente e inconscientemente, somos responsables del cambio climático. No nos damos cuenta de eso hasta que salimos a la calle, vemos todo cerrado, con poca gente y la naturaleza avanzando; los animales recuperando algunos territorios, las aguas más limpias y los cielos despejados, y pensamos luego que estamos en una pandemia, en un estado de emergencia, que está muriendo gente y que la regular actividad contaminante ha sido pausada. A continuación, tomamos fotos, las subimos a las redes sociales, adoptamos mensajes de conciencia, muchos se unen al movimiento y afirmamos que esto es, sin dudar, un respiro para el planeta. Me pregunto, ¿necesitamos un virus mortal para darle un respiro al planeta?

A mi parecer, la frase “respiro al planeta” es errónea y mal usada, porque el planeta no necesita de un respiro y después volver a hundirse, el planeta necesita vivir. Sin embargo, nosotros no hacemos lo suficiente al respecto: ser eco-friendly no es una ayuda, eso no existe y no existirá jamás.  En cambio, se ha demostrado, en estos últimos días, un creciente interés de la humanidad de querer y cuidar este único hogar que tenemos, por entonces, en la esfera del cosmos; pero no solo debemos tener el interés de hacerlo, sino la voluntad de actuar. El COVID-19 ha desenterrado esa voluntad, en muchos casos olvidada.

La “resiliencia” es una palabra clave que se puede obtener en este tipo de situaciones, aunque mal entendida. Su universo semántico es complejo, pero no difícil de investigar y aplicar. En síntesis, la resiliencia es la capacidad de adaptarse y recuperarse en una situación adversa. En materia ambiental, se toma resiliencia desde los ecosistemas, pero no necesariamente desde las personas. Si queremos tener un potencial avance en la cruzada contra el cambio climático, es fundamental hacerlo desde nosotros, como individuos y verdaderos agentes de cambio.

Es entonces que el Covid-19 puede deslumbrar, si es que no lo ha hecho ya, nuestra capacidad resiliente frente a las catástrofes ambientales. Ha presentado con imprescindibles evidencias que muchas cosas que hacemos, sepamos o no, están mal y generan daño al ecosistema. La necesidad de resiliencia nos ha transformado y nos insta a pensar en nuestras acciones, en saber que debemos utilizar menos los carros y los transportes masivos que generan mucha emisión de CO2 y en su reemplazo, usar más bicicletas; en reducir nuestro consumo intempestivo y desregulador, o trabajar en políticas públicas, desde el Estado y el sector empresarial, para llegar a una adecuada relación entre nosotros, máquinas orgánicas en un proceso de aprendizaje, y la naturaleza, sabia entidad que abarca el espacio en el que estamos.

Para concluir, ¿Cuales pueden ser las lecciones que nos deja esta pandemia para el ambiente? En primer lugar, que se requieren acciones urgentes para mitigar el cambio climático y no debemos esperar que el tiempo avance, la economía se recupere y, con eso, se restablezca los niveles de contaminación (algo que, tarde o temprano, ocurrirá), a menos que construyamos nuevos patrones en los que se pruebe que se aprendió de esta pandemia, con los datos obtenidos de las imágenes satelitales y las expresiones de la naturaleza cuando el ser humano no deambula destructivamente por el mundo.

Luego, re-pensar en nuestra capacidad de resiliencia y no convertirnos en agentes de cambio por pura tendencia, sino por un sentido concreto de superación y así ayudar a nuestro planeta. Además, concientizarnos, informarnos y entender la relación que tenemos con la naturaleza y evocarla, sentirla, restaurarla. Por lo tanto, buscaremos cambiar nuestra conducta agresiva y depredadora con el entorno, desde nuestros hábitos alimenticios hasta nuestras maneras de contribuir a la contaminación, en diversos aspectos. Es así que no debemos arrimar a la naturaleza, desplazarla, someterla, torturarla, sino convertirnos en responsables agentes protectores de ella.

En último lugar, es preciso destacar lo que significa el medio ambiente para nosotros. Esto debe ocurrir siempre y no porque un virus nos lleve a reflexionar; es claro que la humanidad se encuentra ciega y su conciencia sólo despierta en momentos de crisis. ¿Podemos cambiar nuestra forma de ser con el ambiente? Ya se ha demostrado aquello, y el tiempo que vivimos no es adrede: solo ha confirmado a la naturaleza como la mayor activista ambiental que tenemos.

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